El primer grado de humildad es el reconocimiento de que no soy mi propio dios; de que existe un poder superior por el cual vivo. En una era científica, en la que los antiguos mitos de que hay un Dios que nos observa desde las nubes están desapareciendo, la idea del Dios de la Vida es aún más poderosa, más humilde.
El segundo grado de humildad, es el reconocimiento de que, a pesar de que la voluntad de Dios para conmigo (esas circunstancias sobre las que no tengo control) puede parecerme algo malo para mí, finalmente será para mi bien. La humildad me da la perspicacia espiritual para ver lo que, en un principio, es invisible.
El tercer grado consite en la capacidad de reconocer que otros también pueden saber, incluso mejor que nosotros, lo que se debe hacer en una determinada situación, y aceptar las instrucciones que ellos nos den. Este grado nos lleva a reverenciar las ideas de otros; nos libera de la necesidad de acumular poder.
El cuarto grado de humildad consiste en reconocer que, cuando nos encontramos bajo el control de otros, harán las cosas de una manera diferente a la nuestra, y quizás esto no nos agrade. Pero eso no es algo malo. Simplemente lo convierte en una lección más de la vida que, sin duda, teníamos que aprender.
El quinto grado consiste en buscar el consejo de otros y en mostrarse como uno es ante las personas que pueden ayudarnos a ser mejores. La humildad es la capacidad de quitarnos las máscaras que usamos en público para poder dejar la pesada carga de tener que fingir ser más inteligentes, más adinerados, más santos o más poderosos que los demás.
El sexto grado de humildad consiste en ser capaces de estar contentos con menos que lo mejor. La humildad es lo que nos permite aceptar las circunstancias naturales: El hecho de que no somos tan adinerados como los vecinos, o nuestros hermanos se encuentran en mejor posición que nosotros, o no tenemos el automóvil más nuevo del vecindario.
El séptimo grado que una persona debe alcanzar para ser verdaderamente humilde, es la capacidad de aceptar las críticas; de ir por la vida preparada para cambiar una y otra vez; de saber que todavía no hemos llegado.
El octavo grado de humildad, es la capacidad de aprender de aquellos que nos precedieron.
Las personas humildes respetan de manera genuina a los mayores y aman profundamente a los jóvenes. "Aprenden de la Comunidad", como dice San Benito. Humildad es la aceptación del ser y apertura hacia los demás. Es algo muy liberador.
Los tres grados siguientes de humildad, son la capacidad de guardar silencio, de hablar dulcemente, y de evitar que se ridiculice a otros. La persona que tiene todas las respuestas, que no da lugar a otros en una conversación, y que menosprecia a los demás, utiliza el habla para someterlos. El hablar tiernamente es signo de la persona que respeta a los demás. Trasforma a los taxistas en "señores".
Y el último grado de humildad, es la serenidad. Cuando nos aceptamos, respetamos al otro y aprendemos que lo que no puede cambiarse, debe ser aceptado como es. Hemos aprendido el secreto de vivir con tranquilidad, con esperanza y con alegría.
La humildad es la virtud de lo cotidiano...
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